sábado, 20 de abril de 2013

Una guerra sin fin

Sigo en la lucha, esquivando tus balas, evitando las minas que pusiste en el camino.
Me quito la metralla de mi cuerpo, cojo mi fusil y salgo al campo de batalla.

No se ve nada, la niebla impregna el lugar, sólo oigo gritos desesperados de los míos pidiendo ayuda, retumbando en mi cabeza cada vez con más fuerza. Sigo andando, pero los gritos ni se alejan, ni se acercan, es como si no avanzara. Por mucho que ande en busca de su origen.

Desesperado me arrodillo y me doy por vencido. No puedo ver nada con esta niebla, no puedo ayudarlos.

Impotente, grito al vacío, pidiendo que paren las voces. Entonces las voces paran, sólo hay silencio, durante un instante es lo que predomina en medio de la niebla.

Oigo unos pasos acercándose, sólo entonces es cuando levanto la mirada y distingo la silueta de una persona. No la veo con claridad, se queda a una distancia prudente mientras empuña una pistola que no deja de apuntarme.

Acorralado, cierro los ojos y espero a que apriete el gatillo. 

Abre los ojos, quiero que lo veas.

Esa voz, tan familiar como misteriosa, tan dulce y escalofriante a la vez.
Abro los ojos, este es el finNo queda más tiempo, fin de la partida.

Destruye lo que llevo dentro de mí, llévate mi vida de una vez, pero recuerda que la última vez te dejé escapar.

Disparo y despierto, me encuentro nuevamente en mi trinchera, curando mis heridas, cogiendo la munición para volver a salir al campo batalla en tu busca.

Una batalla a muerte eterna, sin vencedores, sólo dos almas condenadas a matarse mutuamente hasta que uno diga basta.


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