Ella tocaba su bajo y yo, desde la multitud, la observaba. Sonreía a cada momento mientras la veía vibrar con su música y cómo trasmitía cada sentimiento.
No tenía muy claro por qué sucedía, pero me sentía como nunca...
Cuando bajó del escenario pasó un rato con el grupito que habíamos ido a verla. Compartía con nosotros su risa, sus ganas e ilusión del momento. Pero tocó el momento de separarnos.
Pasada la noche volvímos a encontrarnos. Charlábamos mientras tomábamos unas cervezas. No podía dejar de mirarla, me parecía interesante, única y muy rara, pero esa era su esencia y me atraía.
Llegó el fin la noche, tocó despedirse y tomar rumbo a mi morada. Por el camino pensaba en cómo la noche había dado un giro, cual ruleta, y me cautivó.
Pero lo mejor de la noche aún no había llegado. Momentos antes de llegar a mi destino recibí un mensaje de ella con el que me arrancó, sin duda alguna, la primera sonrisa tonta...
Grato recuerdo de una Noche en Blanco que nunca olvidaré...
Recuerdos que nos demuestran que todos somos seres únicos, capaces de vivir grandes experiencias que se traducen en una sola noche y no en toda una vida...